Trujillo en Línea.-A pocos días de conmemorarse el Día del
Periodista, conviene regresar a una pregunta que parece haberse extraviado
entre algoritmos, redes sociales y disputas ideológicas: ¿para qué existe el
periodismo?
La respuesta no ha cambiado. El
periodismo existe para buscar la verdad, verificar los hechos y ofrecer a los
ciudadanos información confiable que les permita ejercer su libertad con responsabilidad.
Todo lo demás es secundario.
Las sociedades libres no se sostienen
únicamente sobre elecciones o constituciones. También dependen de una confianza
compartida en los hechos. Cuando la verdad pierde valor, la democracia comienza
a erosionarse; cuando la mentira se convierte en método de comunicación, la
libertad empieza a retroceder. La historia ofrece innumerables ejemplos de
ello.
Desde la Atenas que hizo del debate un
instrumento de ciudadanía hasta las revoluciones liberales que consagraron la
libertad de expresión, el progreso ha estado ligado a la posibilidad de
discutir los hechos sin miedo. Allí donde la crítica fue respetada florecieron
las repúblicas; allí donde fue perseguida prosperaron el fanatismo y la
arbitrariedad.
Por eso resulta paradójico que, en una
época con más información que nunca, el mundo parezca tener cada vez más
dificultades para distinguir entre realidad y ficción.
Los medios digitales han democratizado la
palabra y acelerado la circulación de noticias. Sería absurdo negar sus
virtudes, pero es bueno señalar que la tecnología multiplica posibilidades y la
ética define su dirección.
Hoy abundan comunicadores,
influenciadores y creadores de contenido. Todos tienen derecho a participar en
el espacio público. Sin embargo, el periodismo sigue siendo algo distinto:
exige contrastar fuentes, comprobar datos, rectificar errores y asumir
responsabilidad frente a lo que se publica. Un propagandista busca adhesiones.
Un activista moviliza seguidores. Un creador de contenido busca atención. Un
periodista busca hechos verificables.
En ese punto adquiere relevancia la
advertencia formulada por Jan Martínez Ahrens, director de El País, al
diferenciar el clic de la lectura. La lógica dominante de ciertas plataformas
ha terminado privilegiando la capacidad de atraer tráfico antes que la
capacidad de informar. El impacto emocional compite con la reflexión y el
titular diseñado para provocar una reacción inmediata desplaza muchas veces al
análisis profundo.
La mentira posee una ventaja evidente: no
necesita verificar nada. Por eso suele viajar más rápido que la verdad. Vivimos
en una época donde las falsedades ya no se esconden. Se presentan como
interpretaciones equivalentes a los hechos, se disfrazan de análisis o se
ofrecen como manifestaciones legítimas de libertad. Las llamadas “realidades
alternativas” constituyen una amenaza porque niegan la existencia misma de una
verdad verificable.
Sin hechos compartidos no existe
deliberación democrática posible. Si toda evidencia puede ser descartada como
conspiración y toda información incómoda es presentada como montaje, desaparece
el terreno común que permite convivir y debatir racionalmente.
El problema no pertenece a una ideología
ni a una geografía específica. Puede aparecer en Occidente o en Oriente, en
democracias consolidadas o en regímenes autoritarios. Los nuevos enemigos de la
libertad rara vez se presentan como tales. Con frecuencia hablan en nombre del
pueblo, de la justicia o incluso de la democracia, mientras utilizan esas
mismas banderas para debilitar los principios que les dan sentido. La
experiencia histórica demuestra que las democracias suelen ser más vulnerables
cuando sus adversarios aprenden a combatirlas desde dentro.
Por ello resulta inquietante observar
actitudes de intolerancia hacia la prensa incluso en países que durante décadas
fueron símbolos de las libertades públicas. Estados Unidos, cuya Primera
Enmienda se convirtió en referencia universal para la protección de la libertad
de expresión, no puede normalizar la exclusión de periodistas de espacios
informativos por razones ideológicas. Una democracia segura de sí misma escucha
también a sus críticos.
Cerrar puertas a periodistas incómodos no
es una demostración de fortaleza. Es una señal de inseguridad. La distancia que
debería separar a las democracias liberales de regímenes donde la prensa
independiente es tratada como enemiga del Estado no puede reducirse hasta convertirse
en una diferencia de matices. Las sociedades libres se fortalecen con preguntas
incómodas, no con silencios impuestos.
Mientras tanto, en otros rincones del
planeta resurgen disputas territoriales y rivalidades geopolíticas que debieron
quedar atrás. Es paradójico que una humanidad capaz de explorar el espacio y
comunicarse instantáneamente a escala global continúe enfrentándose por
territorios que podrían simbolizar cooperación y amistad compartida. Lo que
pudo ser puente termina convertido en árida frontera.
La erosión de los consensos
internacionales agrava esa realidad. Instituciones creadas tras las tragedias
del siglo XX para evitar nuevas catástrofes observan cómo sus decisiones son
ignoradas según las conveniencias de las grandes potencias. El debilitamiento
de los acuerdos multilaterales representa una mala noticia para la paz, pero
también para la verdad.
En medio de este escenario resuena una
frase atribuida al dramaturgo romano Plauto y retomada siglos después por
Thomas Hobbes: homo homini lupus, “el hombre es lobo para el hombre”. La
sentencia describe el riesgo permanente de una convivencia abandonada a la
fuerza y a la imposición.
El periodismo nació precisamente para
impedir ese retroceso. Su misión consiste en construir un espacio común donde
la evidencia prevalezca sobre la propaganda y donde los ciudadanos dispongan de
información para ejercer sus derechos.
Por eso el periodismo serio sigue siendo
incómodo. Incomoda a corruptos, mafias, extremistas y fanáticos. No es casual
que periodistas hayan sido perseguidos, encarcelados o asesinados por cumplir
con su trabajo. También el Perú conoce esa dolorosa realidad. Hoy las amenazas
adoptan nuevas formas: campañas de difamación digital, vigilancia tecnológica y
mecanismos cada vez más sofisticados de intimidación. Cambian los instrumentos,
pero el objetivo sigue siendo el mismo: silenciar al mensajero para ocultar el
mensaje.
Sin embargo, la crisis del periodismo
también exige una revisión interna. Durante demasiado tiempo algunos sectores
sucumbieron al sensacionalismo, confundiendo audiencia con calidad y notoriedad
con relevancia.
La ética es la frontera que impide esa
degradación. Sin ética, la libertad de prensa corre el riesgo de convertirse en
impunidad. Sin ética, la investigación puede degenerar en persecución. Sin
ética, el derecho a informar termina subordinado al negocio de la indignación
permanente.
Por eso resulta imprescindible volver a
las enseñanzas de los grandes maestros del oficio. No para idealizar el pasado,
sino para recordar que la credibilidad sigue siendo el principal patrimonio de
un periodista. Las herramientas cambian; los principios permanecen.
Y aquí aparece una reflexión que
trasciende al periodismo. Con demasiada frecuencia se presenta la ética como
una palabra antigua o un conjunto de prohibiciones destinadas a limitar
conductas. Nada más equivocado. La ética ha sido una de las fuerzas más
poderosas de la civilización. Inspiró la abolición de la esclavitud, la defensa
de los derechos humanos, la protección de los perseguidos y la construcción de
las democracias modernas. Es la memoria moral de la humanidad y el brazo que se
extiende para proteger al más débil.
El Perú necesita recuperar esa energía
moral. También la necesita el mundo. Las amenazas que enfrentan nuestras
democracias no se resolverán únicamente mediante leyes o nuevas tecnologías.
Requieren ciudadanos capaces de distinguir la verdad de la mentira, gobiernos
que comprendan el valor de la crítica y periodistas dispuestos a defender los
hechos incluso cuando hacerlo implique costos personales.
Porque la verdad no pertenece a ningún
partido, gobierno o ideología. Es un patrimonio común de la humanidad y cuando
las consignas envejezcan y los discursos del poder se conviertan en simples
notas al pie de la historia, permanecerán aquellos que comprendieron que la
verdad no es una herramienta del poder, sino su límite, esa ha sido siempre la
misión más noble del periodismo. Y seguirá siéndolo mientras exista una
civilización que aspire a llamarse libre. (Por: Víctor Andrés Urquiaga*)(Foto:Nueva Revista.net)
(*) Víctor Andrés Urquiaga es un
destacado comunicador social y periodista peruano que cuenta con amplia
experiencia en la gestión de comunicaciones estratégicas, tanto en el sector
público como en el privado.
Destaca también por una importante participación en el Colegio de Periodistas de Lima, desempeñándose como su director secretario durante el periodo 2020-2021. Cuenta con tres décadas de trayectoria profesional, especializándose en la gestión de crisis, campañas de valor compartido y relaciones institucionales. (Fuente privada – IA)